El anuncio del contagio presidencial ha cundido con estridencia en redes sociales; se balancea entre el amor y el odio.

A nadie conviene que López Obrador padezca una crisis de salud y menos por edad, 67 años, y sus antecedentes de mala alimentación, hipertensión y los dos infartos cardiacos ocurridos hace siete años que lo colocan en el grupo de personas más vulnerables.

Eso, nos estresa. Es motivo de alarma en tiempos pandémicos, sumados a la crisis económica, de inseguridad y la peligrosa polarización social.

La enfermedad del presidente es un asunto serio. La información de su salud debe transmitir tranquilidad y manejarse con cuidado, tomando en cuenta que, según especialistas médicos, los efectos más difíciles del contagio llegarán a media semana.

Los voceros del poder deberán estar pendientes para desmentir rumores y noticias falsas, tan frecuentes como ruines, morbosas, mezquinas y ocurrentes, mantener el control y evitar efectos impredecibles.

López Obrador no es un ciudadano más, aunque alegue que todos somos iguales. Su salud es un asunto de seguridad nacional. El presidente es pieza fundamental para mantener la estabilidad política. Su voz pesa más que las demás y el país no está preparado para su ausencia.

No señor presidente, con todo respeto, no somos iguales.