El SÍNDROME LAYÍN

Este fin de semana me asaltó lo que no pude sino definir como un síndrome, sí esa condición que Wikipedia define como un conjunto de síntomas característicos de una enfermedad, en este caso la corrupción.

Hace una década, Hilario Ramírez Villanueva, alias Layín, entonces alcalde de San Blas y postulado para ese puesto por el PAN, declaró que durante su gestión sí había robado, pero poquito, porque el municipio era muy pobre. Una vez establecido el punto, me corroyó la duda sobre quién es más corrupto, asumiendo que alguno lo sea, aunque ambos admitieron su delito, si el Señor Lozoya, como ahora le llamada YSQ, o el ex alcalde nayarita.

Mi duda tenía que ver con la convicción de que si hubiera gobernado un municipio más rico habría robado más, como sí hizo el Señor Lozoya a su paso por Pemex, e incluso antes, como parece haber reconocido expresamente. Y esto me llevó a meditar también, siguiendo la misma línea de pensamiento, que YSQ destacó en la semana que en el escándalo actual, el de Lozoya, se utilizaron maletas en lugar de maletines (refiriéndose al Señor de la Ligas) para transportar la entrega ilegal de dinero. Quizás porque, olvidó puntualizar, entonces se entregaron fajos de dólares, que hacen menos bulto, tanto a Bejarano como otra veintena de sus entonces colaboradores, mientras que en el caso Lozoya se entregaron tristes pesos.

Y me debatía pensando que los cochupos (aportaciones les llama el presidente en el caso de su hermano y Morena) que mostró recibiendo, también en video, cómo no, a su hermano Pío, responsable político de la campaña de 2015 en Chiapas, bolsas de papel por parte del entonces no funcionario David León, hasta hace pocos días responsable de Protección Civil de la 4T y recién nombrado, quiero pensar que no como pago a sus servicios, director de la nueva empresa que se encargaría de la distribución nacional de medicamentos. Ya se sabe que cada sexenio busca inventar el agua tibia.

Aquí también YSQ, como en su momento Layín, busca mitigar el uso de dinero ilegal señalando que era poquito, que no se puede comparar con los números que alucina Lozoya y que tendrá que probar, pero el caso es que era dinero ilegal. Tendría que reconocer también que el caso de Lozoya era dinero para beneficiar las reformas del PRI, mientras que en el caso de su hermano era para él, que al parecer también estaba al tanto de este delito, como establece la ley que por eso provee de recursos a los partidos, y evitar así la entrada ilegal de dinero ilegal a las campañas.

Ilegal, sí, ilegal, aunque sea poquito, porque no se puede probar su origen, que lo mismo podría ser de ciudadanos bienintencionados que del narcotráfico y el crimen organizado. No podemos saberlo, y por eso está vedado, y tampoco lo justifican las buenas intenciones, es decir dichos, ni la palabra de los involucrados.

No tenemos razones para creerles, como tampoco lo hacemos con los regímenes anteriores, sí, esos del Neoliberalismo. La única noble causa que pueden argüir es que eran dineros para ganar el poder. Porque ese es el objetivo expreso de unos y otros, ganar el poder, y retenerlo.

El dinero ilegal no queda santificado porque era para una buena causa, es decir la suya. Yo tampoco le creo, porque es justo lo que dicen los demás, los de otros cochupos, y tampoco me trago el cuento de que no se les puede comparar con aquéllos, porque “no somos iguales”. Eso tendrán que probarlo. Y tengo serias dudas. Para mí, un ciudadano común y corriente, los hechos los igualan. Están cortados por la misma tijera.