El omiso de palacio

Andrés Manuel López Obrador abrazó la idea de pasar de manera destacada a la historia de México y lo va logrando. Quería el registro de haber sido el Cuarto Transformador cosa que hasta el momento parece propósito en mal camino, muy mal camino.

Es muy probable que de la emergencia sanitaria pasemos a reconocer la peor crisis económica que haya experimentado este hermoso país en toda su historia. Y de aquel mediocre 2.1 por ciento de crecimiento como promedio anual en los pasados 40 años al que tanto acudió AMLO para desacreditar a los sexenios priístas y panistas, pasemos al primer resultado económico sexenal con crecimiento cero como promedio anual en el periodo. O menos.

Pero el ciudadano Presidente, empecinado en sus ideas y sus rencores, ha decidido renunciar a ser actor, para ser testigo y en el balcón de sus ilusiones podrá ver cómo el país se desgrana y con ello su idea de convertir a México en un país próspero, pero sobre todo con equidad en lo social habrá de naufragar sin remedio alguno.

AMLO ha renunciado a ejercer la función rectora del estado en materia económica Y en dos años ha destruido lo que a su juicio fue tocado por la pervertida tendencia a la corrupción. Sigue incendiando con su discurso a quienes juzga como beneficiarios del acuerdo neoconservador representado en una treintena de familias que le sacaron jugo a su relación perversa con la clase política del PAN y del PRI y espera en su balcón presidencial a que todo se acomodara solo conforme él lo tiene imaginado. Como si las fichas tuvieran imán y pudieran desplazarse solas hasta donde su estrategia estima conveniente.

En materia económica no mueve un dedo. No invirtió el movimiento de un solo dedo para impedir que el daño de la pandemia tocara fundamentos estructurales. No invirtió recursos fiscales ni para amortiguar el golpe ni para propiciar una recuperación. Hizo que la iniciativa privada nacional se distanciara de su figura por la falta de congruencia y respeto hacia la idea de trabajar en unidad y coincidencia de objetivos.

Destruyó principios de confianza y la certidumbre resultó tan golpeada que de ser activo pasó a ser un pasivo que rebasa las fronteras y lo ubica en el mundo como un presidente incapaz, involuntariamente cómico, que rifa aviones que no posee en términos reales y que no entrega como premio, un avión que nos sigue costando dinero y el prestigio del titular del Poder Ejecutivo de la nación.

Y las cifras oficiales resaltan la irracionalidad de su pensamiento mágico omiso en rectoría económica.

El INEGI dio a conocer el dato del PIB al tercer trimestre de este año. Con respecto al trimestre anterior hay un espectacular +12.1% que invita al festejo y al desenfrenado entusiasmo.

Un entusiasmo desmedido puede pasar por alto que respecto al trimestre del año anterior el ajuste es de -8.6 por ciento, y de -9.8% si se compara los primeros nueve meses de este año con el mismo periodo del año anterior. Lo malo no es que el rebote quede corto respecto a cómo estaban las cosas el año pasado, sino que el rebote técnico refleja debilidad.

Si tomamos como referente el Indicador Global de Actividad Económica, el IGAE, que mide el comportamiento de la economía mensualmente y que tiene referentes comparativos anuales, podemos decir que el regreso de la economía es lento y carente de fuerza.

Primero habría que recordar que el IGAE, en comparación anual ha cumplido, hasta el mes de septiembre del 2020, un total de 15 datos con signo negativo. Bastante más que lo que lleva la pandemia azotándonos.

En el comparativo mensual la economía cumplió, hasta el mes de mayo, 12 meses con signos negativos en su resultado y a partir de junio lleva cuatro meses consecutivos con comportamientos positivos, pero ojo… con fuerza cada vez más débil.

Junio con +8%, julio con +5.7%, agosto con +1.4% y septiembre con +1%. Es posible que en noviembre repunte por la promoción del Buen Fin, pero el diciembre pudiera retornar con un comportamiento débil.

De buena fuente puedo decirle a Usted que el Presidente sabe que puede entregar el poder y un país fragmentado que se semeje más a un modelo para armar en lugar de una nación de una sola pieza con las partes debidamente acomodadas y con energía armónica. Pero una preocupación así no está acompañada con una voluntad expresa para que las cosas sean distintas… y mejores.

Este día, el omiso de palacio debería recordar que hay que hacer lo que hay que hacer para que las cosas sucedan.

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Economía de frente