Filosofía sin escrúpulos
El asistencialismo no es modelo
de desarrollo; los dardos de Aspe
Un sospechoso silencio gubernamental se tendió alrededor del contenido de
nueve gráficas presentadas por Pedro Aspe Armella, secretario de Hacienda del Gobierno
de Salinas de Gortari pero una de las mentes más brillantes de la economía. Su tesis
central explicaría el vacío informativo: el modelo asistencialista de regalar dinero no ha
generado actividad económica y explica el estancamiento crónico y estructural de la
economía mexicana en los años de la 4ªT.
Las gráficas que fueron publicadas en El Independiente
(https://elindependiente.mx/edicion-impresa/2026/05/25/el-independiente-no-1068/)
mostraron el enfoque analítico del exalumno del MIT (Instituto Tecnológico de
Massachusetts, en Boston) y se refieren sólo a lo que llamó la década perdida de 2018-
industrial para no terminar en lo que terminamos: una economía mexicana ensambladora
o maquiladora, sosteniendo la exportación con productos importados.
Salinas de Gortari logró una tasa de crecimiento del PIB sexenal de 3.9%, pero
sobre la base del PIB promedio anual de 0% durante el sexenio de De la Madrid, es decir,
que la tasa fue más rebote que dinámica. Y la tasa promedio anual de la economía en el
largo periodo neoliberal de 1983-2018 fue de 2%, cuando el compromiso del Tratado
había sido de 4%-6%. El populismo 1934-1982 alcanzó una tasa promedio anual de PIB de
6%.
En términos estrictos, el modelo económico-social o social-económico del
lopezobradorismo no es sino la extensión del modelo salinista: menos Estado económico
y más mercado y subsidios a los más pobres en modo de Pronasol o de Bienestar.
Pero fue muy certero el señalamiento de Aspe de que ha habido más gasto
improductivo en transferencias a sectores bajos que no han constituido política social y
que el presupuesto público se destinó a obras de interés personal del presidente López
Obrador y no al estímulo a la planta productiva. “El aumento desmedido del gasto
corriente (en bienestar) ha desplazado la inversión productiva” y se ha utilizado el viejo
modelo capitalista de usar la deuda pública en lugar de políticas fiscales.
No sin cierta ironía caracteriza Aspe al presupuesto en programas de bienestar
como “la segunda nómina” porque efectivamente se ha tratado de la entrega directa a los
beneficiarios sin que esa liquidez se convierta en demanda efectiva que reactive la
economía, y allí le agrega Aspe también el señalamiento de que el actual gobierno
cuatroteísta carece de una política de desarrollo industrial y agropecuario.
Otro dato que dio Aspe y que requería y sigue requiriendo de una respuesta
gubernamental clara fue la cifra de déficit presupuestal o la diferencia entre el ingreso
fiscal y el gasto publico: oficialmente se menciona el déficit de 3%, pero Aspe lo coloca en
5.7%, muy cerca a la cifra con la que comenzó la fiesta de gasto sin ingreso en el
populismo echeverrista: 7%. Y como en el echeverrismo y en el lopezportillismo, la falta
de ingresos propios se suplió con deuda externa, hoy la cifra está llegando –si no es que
ya se alcanzó– a la línea de crisis presupuestal de 60% de valor de la deuda con respecto
al PIB.
El análisis en gráficas que hizo Aspe de la política económica lopezobradorista
alimento la preocupación del sector empresarial nacional y del sector financiero
internacional sobre las expectativas de estancamiento crónico del PIB y la posibilidad de
que el promedio de crecimiento económico seccional sea menor a 1.5%.
El silencio oficial hacia las nueve gráficas de Aspe solo puede interpretarse como
una falta de argumentos de las actuales autoridades del gabinete económico y por lo
tanto le dan mayor validez al cuadro de crisis estructural del crecimiento económico de
México que se está ahogando en gasto social improductivo y la falta de un proyecto real
de desarrollo del los sectores industrial y agropecuario y todo descansa en las
exportaciones del Tratado que se han multiplicado por diez pero que no ha modificado de
estructura de la desigualdad multidimensional.
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Política para dummies: la política del no-decir es el reconocimiento de que no hay
argumentos de respuesta.
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