La burla de no mentir, no robar, no traicionar
Trump, petate del muerto; no
puede con Putin ni con Jinping
Como todos los últimos presidentes de Estados Unidos, Donald Trump acaba de
circular su Estrategia de Seguridad Nacional; pero como todos los presidentes, se trata de
un documento que lo mismo sirve para iniciar una guerra contra Rusia o China que para
fracasar en Venezuela, Nicaragua y Cuba.
El presidente Reagan inició en 1987 el ciclo de los documentos de estrategia de
seguridad nacional y desde entonces todos los mandatarios americanos han hecho el suyo
más como aparato burocrático hacia el interior de las complejísima Comunidad de la
seguridad nacional americana, pero en los hechos ninguno lo convirtió en programa de
gobierno.
Las estrategias se fundamentan las razones de lo que en 1988 precisó desde el
enfoque académico el intelectual Gore Vidal con un artículo titulado justamente “el
Estado de seguridad nacional” y ahí estableció el criterio político de que la existencia de
Estados Unidos depende de su papel rector en la seguridad nacional de todo el planeta.
La seguridad nacional de Estados Unidos nació en 1947 con la llamada Acta de
Seguridad Nacional NSC-68 y tuvo su justificación en el escenario heredado de la
Conferencia de Yalta de 1945 en la que EU y la Unión Soviética se repartieron el planeta
en función de las dos ideologías económicas determinantes: el capitalismo y el
comunismo. Para mantener el control central del hemisferio occidental capitalista,
Washington creó una estructura funcional al Acta: el Consejo de Seguridad Nacional que
define las políticas públicas para confrontar estratégicamente a la Unión Soviética y
paulatinamente a China.
Los ocho criterios del Estado de seguridad nacional que enumeró Vidal fueron muy
concretos: jamás negociar con Rusia, desarrollar la bomba de hidrógeno para que cuando
Rusia tuviera la atómica no quedar en desventaja, incrementar en el corto plazo de las
fuerzas convencionales, aplicar una fuerte subida de impuestos para pagar el
expansionismo militar, movilizar a toda la sociedad norteamericana para combatir el
terrible fantasma del comunismo, organizar un sistema de alianzas fuerte y dirigido por
Estados Unidos –lo que sería la OTAN–, utilizar la propaganda del miedo al comunismo
para justificar la existencia de la CIA como agencia de seguridad nacional –no de
inteligencia–, buscar influir en el pueblo ruso para tener un aliado dentro de la Unión
Soviética a través de la contratación de espías.
En suma, la tesis central del Estado de seguridad nacional fue la de meterle el
miedo en el cuerpo al pueblo americano sobre lo que llamarían la amenaza roja no solo
en la zona con la que se quedó Moscú en Yalta –la alianza entre repúblicas soviéticas–,
sino en la etapa de los setenta se usó todo el poder clandestino de Washington para
combatir el avance del socialismo y el comunismo en Italia, Francia y España.
En este contexto hay que leer la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump –es la
segunda porque la primera fue en 2017– y desde luego todas las estrategias desde
Reagan: documentos doctrinarios que a veces aterriza acciones operativas. En los hechos,
Trump no agregó nada nuevo a sus pronunciamientos en redes sociales ni en sus
amenazas contra todos los gobernantes del mundo.
Todas las estrategias anteriores de los presidentes de EU han girado en torno al
cuerpo doctrinario que refiere la estrategia de Trump: la doctrina Monroe, la amenaza de
uso de armas nucleares si se violan las líneas rojas estratégicas del hemisferio oriental de
Rusia y China y la reiteración de que América Latina será opera los Estados Unidos,
aunque en este punto no exista una estructura programática coherente para combatir la
desarticulación regional, no puede con México, ignora a Nicaragua y solo amenaza a la
Venezuela de Nicolás Maduro sin tomar la decisión de invadir el país.
En los hechos, el presidente Trump no necesitaba de OTRA estrategia escrita de
seguridad nacional porque sus mensajes en las redes sociales cibernéticas se han definido
los criterios de reconstrucción del poder imperial de Estados Unidos para regresar al
dominio del planeta. Sin embargo, el escenario de hoy es diferente: las políticas exteriores
de países de Occidente pueden coincidir con las de Trump, pero no dependen de las
amenazas militares, salvo la presión que han aceptado los países europeos para aumentar
su gasto militar de 3% del PIB a 5% y para crear un ejército europeo que vaya
sustituyendo el despliegue de los marines americanos.
En este contexto, la estrategia de Trump es la misma de Estados Unidos desde
1945, en nada cambia las dificultades operativas de Washington para recuperar –dicen–
la hegemonía mundial, no anuncian nuevos despliegues militares a otros países, además
de que la esencia de la estrategia de Trump no se reduce a la mínima expresión de la
hegemonía de régimen capitalista, sino al tema concreto de disminuir el ingreso de drogas
a Estados Unidos para atender las demandas de los adictos.
En conclusión, la estrategia de seguridad nacional no adiciona nada a lo que Trump
ha estado haciendo a veces de modo arbitrario.
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Política para dummies: la política es la justificación de los necios.
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