Filosofía sin escrúpulos
Desastres naturales, tema de
riesgos de seguridad nacional
Ante la ola de lluvias que asolaron a la Ciudad de México, la jefa capitalina de
gobierno Clara Brugada encontró una explicación lógica pero auto incriminatoria: fallaron
los pronósticos. Sin embargo, los pronósticos carecen de capacidad y dinámica propias, y
en consecuencia fallaron los pronosticadores.
Lo ocurrido con las lluvias en las últimas horas por la presencia de ciclones y
huracanes probó las fallas: los pronósticos carecieron de referentes en la realidad y todo
estaría indicando que nadie ha recalibrado los métodos para establecer pronósticos
realistas y de seguridad del tiempo.
El asunto no sería demasiado importante si no fuera por el hecho irrebatible de
que los desastres naturales forman parte sustancial de la evaluación de la seguridad
nacional de una República y desde luego que forman parte de los mapas de riesgo social
que debe tener todo gobierno en sus espacios de previsión de afectaciones a zonas
territoriales y comunidades humanas.
Y el asunto no queda solo en el tema de asumir la previsión de desastres naturales
como temas de seguridad nacional y de riesgos sociales, sino va amarrada a los efectos
sociales negativos en las zonas afectadas por este tipo de desastres: si la sociedad
mexicana carece de una cultura de la previsión, las oficinas de seguridad nacional del
Estado debieran de prever o en su caso diagnosticar los efectos sociales de expresiones de
furia de la naturaleza, sobre todo porque siempre afectan a los sectores más marginados
y menos atendidos.
De nada sirve tapar el pozo de los efectos sociales –y evidentemente políticos,
aunque en primera instancia no se quieran asumir así– después de las expresiones de la
naturaleza, si todo esquema de seguridad nacional debiera estar previendo incidentes que
por lo demás son avisados por muy eficaces instrumentos de seguimiento de las
variaciones temporales.
El mapa de riesgo y la estrategia de seguridad nacional del Gobierno mexicano sí
ha considerado desde hace tiempo la previsión de fenómenos naturales que generan
respuestas sociales desde violentas hasta decepcionantes, pero con la circunstancia
agravante de que se trataría de manifestaciones negativas de la naturaleza que debieron
de preverse en todas las estimaciones de seguridad nacional y en todos los mapas de
riesgos.
De nada sirve en la Ciudad de México que la jefa de gobierno se justifique diciendo
que no habían pronosticado la dimensión de las lluvias, cuando todas las estimaciones
previas de la temporada estaban avisando una sobredimensión de las precipitaciones
pluviales. Y como los pronósticos eran muy complacientes, entonces la autoridad
capitalina desestimó el tamaño de las lluvias y las inundaciones.
A ello se agrega la imprevisión gubernamental que antes tenía cuando menos una
prioridad en la preparación de resistencias contra las lluvias: el desazolve del drenaje en
su instancia inmediata de la basura que los ciudadanos tiran en las calles y taponan las
alcantarillas, y desde ahí se asume el descuido o desdén de las autoridades antes de cada
temporada de lluvia.
El fin de semana pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo atendió
personalmente desde Palacio Nacional la supervisión de las labores estatales ante las
lluvias derivadas de huracanes, pero ahí se percibió también que los gobernadores de los
estados en ningún momento crearon a su vez grupos de supervisión de los daños
previsibles no pronosticados por las propias autoridades y las escenas de ríos y calles
desbordadas con afectaciones de decenas de miles de ciudadanos no puede acreditarse a
la justificación irresponsable de que fallaron los pronósticos.
Los expertos en el diseño de pronósticos de todo tipo de situaciones se mueven en
dos extremos radicales: la catástrofe y la tranquilidad. Desde la primera lluvia que causó
graves inundaciones en la Ciudad de México, las autoridades capitalinas debieron de
echar a andar sus comités de seguridad nacional y protección civil, además de que
debieron también de consultar sus propios mapas de riesgo. Pero todo indica en la capital
de la República la única prioridad es la utopía Las Utopías y que no hay más actividad
política y de gobierno que la que tenga que ver con una precampaña presidencial de la
jefa Brugada.
En una democracia, el Congreso federal debería tener mecanismos de exigencia de
responsabilidades sobre las autoridades bajo el criterio de que una cosa son las
expresiones incontrolables de la naturaleza y otra la falta de políticas y estrategias de
gobierno para asumir previsiones en moto de catástrofes como un asunto de seguridad
nacional y de riesgos desestabilizadores de la tranquilidad pública.
Los pronósticos no fallan; lo que yerran son los pronosticadores y las autoridades
de gobierno.
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Política para dummies: la política siempre tiene responsables de carne y hueso.
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