Las Batallas
Claudia año 1: atemperar la
crisis; año 2: atemperar la crisis
Entre la dinámica informativa de las mañaneras que responde al agobio de la
coyuntura y las expectativas de mediano plazo, el Gobierno de la presidenta Claudia
Sheinbaum Pardo podría tener claro ya el panorama del resto de su sexenio: lidiar sin
resolver con los pasivos del estilo personal de gobernar de López Obrador, comprender el
papel fundamental del PIB productivo como estrategia de desarrollo y arrastrar con una
clase de empresarial del viejo régimen y del viejo modelo estatista.
El primer año pasó como un suspiro: comenzó con la euforia que dejó López
Obrador y el saldo electoral favorable a Morena y doce meses después Morena enfrenta
una de sus más graves crisis organizacionales y de reacomodo de liderazgos, con la
circunstancia positiva de que la oposición desapareció del mapa coyuntural y la sociedad
digital se está ahogando en una crítica burlona que nada tiene de propuesta para el
mediano plazo.
La figura, herencia y grupo político de López Obrador se convirtió en este año
político en un punto de inflexión que no se ha podido –o no se han atrevido– a llevar al
punto del replanteamiento sexenal de grupos de poder. Como ha ocurrido con las
estructuras y reglas del viejo régimen priista en las que se mueve Morena, el expresidente
ha mantenido influencia y poder, pero su grupo político aparece desgastado y con pasivos
en modo de lastre y el nuevo grupo político de la presidenta en funciones aún no alcanza
la fuerza ni la madurez para hacerse cargo de la gestión el proyecto transexenal.
El primer año de gobierno ha servido para entender que la lógica del sistema
obedece… a una lógica y no se mueve en función de mandatos transexenales personales.
El Gobierno de la presidenta Sheinbaum está arrastrando conflictos derivados del estilo
priista de gestionar del grupo de poder del presidente/expresidente López Obrador, quien
se ha negado a comprender la dinámica del ejercicio sexenal del poder como otros
expresidentes con intenciones de continuidad temporal.
El problema es más de desajuste burocrático. El proyecto de gobierno del
lopezobradorismo está muy claro, pero se está jugando en las batallas burocráticas por
mantener a figuras que compitieron con Claudia Sheinbaum Pardo por la candidatura
presidencial y que –como en el pasado priista– no se ajustan a la disciplina
presidencialista piramidal, sobre todo López Hernández, Ricardo Monreal Ávila y Gerardo
Fernández Noroña, en tanto que Marcelo Ebrard Casaubón –que tiene una experiencia
priista sobresaliente– ha entendido las reglas del juego y aparece más como una solución
que como un conflicto.
Pero fuera de los desajustes elitistas entre un mismo grupo que fue lanzado a la
confrontación de todos contra todos para alcanzar una candidatura que estaba ya prevista
y resuelta con anticipación –como ocurrió con Salinas-Colosio, De la Madrid-Salinas y
López Mateos-Díaz Ordaz–, el país se encuentra ahora mismo en un escenario que ya
conocimos: el presidente Echeverría impuso la candidatura de López Portillo por encima
de las complicidades de los grupos políticos activos, pero le dejó a los perdedores en áreas
de poder que se convirtieron en conflicto: Porfirio Muñoz Ledo, Augusto Gómez
Villanueva, Hugo Cervantes del Río, y la decisión de López Portillo fue pasar a retirar a
esas figuras para mostrar que la línea de mando presidencial es única y que ni siquiera
Plutarco Elías Calles pudo ejercer su maximato transexenal.
Y junto a este desacomodo de las jerarquías políticas que le reducen margen de
maniobra la presidenta Sheinbaum, el problema número uno que se ha visto al terminar el
primer año de gobierno es el del crecimiento económico-bienestar social. El
inconveniente no ha sido la asignación de gasto social presupuestal para los mexicanos
marginados del desarrollo económico, sino no darle la prioridad a la urgencia de un nuevo
modelo de desarrollo que sea el detonador el bienestar y no se dependa solo del dinero
presupuestal asignado a marginados.
El problema de México no es el modelo populista de asignación directa de recursos
a beneficiarios que no participan de manera directa en la generación productiva de la
riqueza, sino en que se gasta capacidad presupuestal que debiera de dedicarse a todas las
reformulaciones de la planta productiva industrial y agropecuaria, de tal manera que el
bienestar sea consecuencia el crecimiento productivo y no mordiscos al presupuesto de
ingresos que tiene límites estructurales.
La presidenta Sheinbaum ya definió su Plan México, pero todavía no ha alcanzado
el rango del nuevo modelo de desarrollo. Por eso las expectativas de PIB podrían no
alcanzar siquiera la tasa de 2% de promedio anual sexenal, cuando la meta de crecimiento
productivo para un desarrollo social sano exige objetivos de 4% a 6%.
Allí se encuentra el desafío de los cinco años que faltan el sexenio: mantener el
subsidio improductivo al gasto social o reconstruir modelo de desarrollo para que la
dinámica económica tenga mayor riqueza que repartir.
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Política para dummies: la política es el todo de todo.
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