El Listón Amarillo
Y 2.- 50 años en 30 días: T-MEC,
no nuevo modelo de desarrollo
El principal problema del proyecto de Gobierno de la presidenta Claudia
Sheinbaum Pardo es el mismo que tuvo el presidente López Obrador después de ganar las
elecciones en 2018: carecer de un verdadero nuevo modelo de desarrollo nacional y
quedar atado a lo que el presidente Carlos Salinas de Gortari dejó muy bien atado con el
Tratado de Comercio Libre.
Es decir, la 4T careció de un modelo alternativo y por eso fue que la propuesta del
tabasqueño la resumió en un concepto que era todo lo que se hubiera querido pero nada
de lo que pudo hacer: el posneoliberalismo.
El desafío de López Obrador y de Sheinbaum Pardo está a la vista: el Tratado
Salinas-Serra se redujo solo a la liberación arancelaria entre los dos países y la libre
importación de productos estadounidenses y provocó el mayor daño económico que
gobierno alguno le hubiera aplicado a la nación: la destrucción de la planta productiva, la
desindustrialización y la privatización del ejido que no llevó a nuevas unidades
agropecuarias.
Ahí reventó lo poco que había logrado en México en años anteriores de políticas
de industrialización y que se había enmarcado simbólicamente en el concepto
nacionalista que hoy se quiere revivir como marca: Hecho en México. La
desindustrialización del Tratado Salinas-Serra desarticuló productos completos hechos en
México y desmanteló a la planta productiva.
Si la propuesta de la presidenta Sheinbaum es ir abandonando paulatinamente el
Tratado en aras de un nacionalismo productivo muy parecido al modelo de sustitución de
importaciones que también fracasó en los sesenta por falta de una política productiva,
entonces la gran tarea será reconstruir en 30 días lo que sin duda debe requerir de
mínimo 30 años: una estructura productiva industrial de agropecuaria que por sí misma y
con los recursos privados nunca se alcanzará y que requiere de enormes recursos
presupuestales del Estado orientados justamente al objetivo de construir una nueva
planta industrial y agropecuaria.
La presidenta Sheinbaum tiene todas las razones para empujar y potenciar el Plan
México, pero si se revisa con sentido estructural ahí apenas si se dan algunas pinceladas
de lo que requiere México como planta industrial para aspirar y a ser un país altamente
desarrollado. Los cuellos de botella o pies de barro del Plan México no están en la agenda
presidencial: enormes cantidades de dinero para configurar nuevas políticas para la
educación y la tecnología y la falta de una clase trabajadora especializada –el 55% es
informal– y un Estado que solo tiene recursos para seguir subsidiando las improductivas
obras insignia de López Obrador y no le alcanza siquiera para cubrir las necesidades de los
programas sociales.
Si se revisan bien las participaciones empresariales en las reuniones del Plan
México, no se percibe ninguna voluntad real del sector productivo privado para correr la
aventura de reconstruir o construir lo que el Tratado Salinas-Serra destruyó. No se
necesita mucha perspicacia para concluir que los empresarios son acarreados a Palacio
Nacional para las fotografías oficiales o para pasar revista a su función como contratistas
menores del Estado y no empresarios creadores de infraestructura productiva de alta
calidad.
El Plan México podría ser el primer gran paso de México para poner el objetivo de
largo plazo de un desarrollo industrial y agropecuario de primer nivel, pero para ello se
requeriría una propuesta de nuevo programa de desarrollo industrial y agropecuario que
debía estar en el área de la Secretaría de Economía, pero esa dependencia está en manos
de un político solo será un trampolín transexenal.
En términos de progresividad sexenal, López Obrador fue certero en señalar que el
Tratado Salinas-Serra provocó la transformación neoliberal de México para subordinarla a
las necesidades productivas de Estados Unidos, pero se quedó estancado en el concepto
gelatinoso de un ideal posneoliberal en tanto que careció de una propuesta real de
proyecto económico nacional para decir hacia dónde debería ir la República y se ahogó en
sus obras insignia basadas en ideas personales pero aisladas de un modelo de desarrollo.
El Plan México da un pasito adelante en términos muy teóricos y generales, pero
carece de la definición de un Estado promotor del desarrollo, con capacidad para definir
las líneas de industrialización y salto agropecuario y desde luego que no refiere ni por
equivocación un compromiso real de pacto productivo Estado-sector privado-
trabajadores, y al final quedará como un nuevo plan demagógico que nada tiene de
planificación.
En 30 días se tendrá que presentar un proyecto nacional neoliberal que corrija
unos 50 años de desarticulación del proyecto nacionalista de desarrollo.
(PRECISIÓN: por un error propio, se escribió ayer que el lapso era de 70 años. No es
así. Es de 50: en 1975 llegó López Portillo como candidato y ahí inició el ciclo neoliberal.
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Política para dummies: la política es la esencia de la economía.
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