MÉXICO, 28 DE MAYO 2017.- Cuando deportaron a Alejandro Cedillo de Estados Unidos, sus hijos nacidos en Florida eran niños pequeños. Pasarían seis años para que pudiera volver a verlos.

Cedillo regresó solo a San Simón el Alto, un pueblo en la cima de una montaña del Estado de México, a unas horas de la capital y del cual había partido nueve años antes a sus 17. Ahí vive el resto de su familia, destaca una historia del NYT.

Los ondulantes campos verdes en la planicie central de México podrían parecer una oportunidad prometedora para ganarse la vida. Sin embargo, la pobreza en sitios como San Simón, donde las casas de concreto están sin terminar y se acaba la carretera pavimentada, deja claro por qué la gente se va a Estados Unidos.

Al final muchos regresan, como Cedillo, ahora de 32 años. A algunos los deportan; otros vuelven para cuidar a algún padre o familiar enfermo, o simplemente deciden que es tiempo de salir de Estados Unidos.

Sin embargo, el regreso al hogar nunca es el final de la historia. La secuela difícilmente es simple y, para quienes dejan atrás a sus hijos, es una agonía.

Con las políticas de mano dura en materia migratoria del gobierno de Donald Trump, las aprehensiones de los inmigrantes no autorizados aumentaron casi 40 por ciento en los primeros tres meses del año, en comparación con el mismo periodo de 2016. México se está preparando para recibir a una oleada de repatriados.

Los defensores en México de los inmigrantes señalan que los recién llegados necesitan empleo, asesoría y ayuda con la enorme burocracia para poder reiniciar sus vidas en un país del que la mayoría de ellos se fueron hace más de una década.

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