ROMA, Italia, 26 de abril de 2014.- “Este viejo cura, que les habla desde la casa de Juan XXIII está conmovido y confundido”. Loris Capovilla tiene 98 años y es el cardenal con más edad en todo el mundo y fue secretario personal de Angelo Roncalli desde la diócesis de la ciudad de Bérgamo (norte de Italia) hasta el Vaticano.

Ayer recordó al Papa que revolucionó a la Iglesia al llamar al Concilio Vaticano II, conectándose en directo con periodistas en Roma. Por su edad, no pudo acudir a la capital italiana para festejar la santificación de su ‘jefe’. No fue a la capital ni cuando, hace dos meses, el Papa Francisco le entregó en febrero la birreta de cardenal: Capovilla la recibió días después de la mano de una delegación pontificia. Tras un escritorio repleto de hojas, hilvanó un recuerdo muy vivaz, señala el diario chileno La Tercera.

“La última gran palabra de Juan XXIII fue el más sencillo de los mensajes evangélicos: amémonos los unos a los otros. Mientras estaba en agonía, me hizo señal de que me acercara a su cama. Le tomé las manos y le pedí perdón. Le dije: ‘No fui el hombre que merecía, fui sincero, leal, pero podía haberlo hecho mejor…’. El me interrumpió: ‘Loris, déjalo. Lo que importa es que cumplimos con nuestro servicio según la voluntad del Señor, que no nos demoramos recogiendo las piedras que nos iban lanzando por el camino. Hemos callado, perdonado, amado’”.

El cardenal transcurre su vida en Sotto il Monte, una pequeña localidad del norte del país, donde Roncalli nació en 1881. Allí acoge a grupos de jóvenes y parroquias que quieren visitar los lugares que inspiraron al futuro Santo. “Yo les pregunto -contó-, ¿sabes con cuántos años murió Juan XXIII? A los 81 años. Pero yo no vi morir a un viejo… Él tenía aún los ojos espléndidos como los tuyos, la sonrisa en los labios similar a la tuya. Esta fue su santidad: La inocencia y la bondad. Los santos son aquellos que nunca salen de la infancia”. Por estos rasgos, según su más íntimo consejero, Juan XXIII fue un Papa carismático.

“Cuando estaba muriendo, en la pieza éramos pocos, los más cercanos. Me recosté en la ventana y miré hacia abajo: la plaza estaba llena. Se lo dije: ‘¡no sabe lo que hay allí abajo!’ Él era tímido, no le gustaba mucho la espectacularidad. Esperaba que me mandara a callar. En cambio, exclamó: “¡Es natural!, ¡yo los amo y ellos me aman a mí!”.