Antes del “grito” hubo sombrerazos. Una falta de comunicación entre el gobierno de la 4T y la Arquidiócesis Primada de México exhibió ánimos crispados. La supuesta “toma” de la Catedral Metropolitana por el Ejército, incendió las redes sociales.

Los alérgicos al presidente López Obrador desbocaron sus fobias. ¿Qué más viene? ¿Cuál el siguiente golpe del autoritarismo despótico del mandamás de Palacio?, preguntaban.

Se desató un hervidero de miedos y odio.

A través de un comunicado, el Venerable Cabildo Metropolitano se mostró sorprendido por el cierre del Zócalo, por el inevitable bloqueo del templo católico y su incapacidad para avisarle a su feligresía.

Fue evidente la molestia de la curia por lo que, poco a poco, se fue aclarando.

Todo fue un error, una falla en la comunicación entre los de Dios y los del César de Macuspana que andan tan apurados con la venta de boletos para la rifa de fantasía y la recolección de autógrafos para rostizar a los expresidentes judas.

Lo que sí enojó al presidente es la exageración de sus malquerientes, y fiel a su costumbre, criticó a quienes lo detestan, sin reparar en que la torpe gestión de su administración fue la que propició todo.

El Arzobispo Primado, Carlos Aguiar Retes, aplaca las injurias; absuelve de sus torpezas a quienes no avisaron. El incidente demuestra que de las prisas queda el cansancio y meterse con la fe religiosa es pecado mortal y saca lumbre.