Malestar en América Latina

Pablo Hiriart

                Lo que hemos visto en América Latina es una efervescencia antigobiernista que se manifiesta en las urnas y en las calles.
                Es el gran punto de contacto que hay en lo sucedido en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Uruguay y Chile.
                La población está harta de quienes los gobiernan, sean del partido que sean.
                Hay motivaciones particulares en cada país, aunque la más extendida es el hartazgo con la corrupción.
                Nada de que la gran lección en América Latina es que pierde la derecha. Ese argumento es anulado por la realidad: en Brasil perdió la izquierda y ganó la ultraderecha. En Bolivia perdió la izquierda (Evo se robó las elecciones para impedir segunda vuelta). Uruguay está a un paso de perderlo la izquierda.
                Uruguay, país democrático en toda la línea, van a una nueva ronda el gobernante Frente Amplio (izquierda) que no alcanzó el 40 por ciento de los votos necesarios, y el opositor Luis Lacalle que ya cuenta con la adhesión de las dos grandes fuerzas que quedaron en tercer y cuarto lugar.
                En Argentina ganó el populismo de izquierda y desbancó a la derecha de Macri por sus malos resultados –la población ahora los quiere ipso facto- y regresa a los subsidios directos.
                Colombia es un caleidoscopio de partidos y de alianzas, y el resultado de las elecciones recientes arroja un resultado contundente: perdió el gobierno (Partido Centro Democrático) y lo que se conoce como uribismo.
                La alcaldía de Bogotá la ganó la carismática candidata del partido Alianza Verde, Claudia López, señalada como incorruptible, que viene de una ruptura con la izquierda comandada por Gustavo Petro, ex militante de la guerrilla del M-19, que también gobernó la capital colombiana y ex candidato presidencial. Esa izquierda llegó en cuarto lugar en estos comicios.
                En ese país ganaron partidos como uno llamado “Independientes”, Colombia Renaciente, y un caso para observadores más avezados es lo que ocurrió en Barranquilla: triunfó el candidato de Cambio Radical, apoyado por el Partido Conservador y el Partido Liberal.
                ¿Gira América Latina a la izquierda, a la derecha?
                Hay que analizar con otra mirada lo que ocurre en el subcontinente.
                Gana el antigobiernismo. Y hay un rechazo extendido a la corrupción de los gobernantes.
                También hay mala memoria. En Brasil la ultraderecha militar saqueó a ese país. Los Kirchner en Argentina robaron a manos llenas (la recién electa vice presidenta, ex mandataria de ese país, aún tiene causas en su contra).
                Los chilenos no tuvieron elecciones pero las manifestaciones en todo el país cimbraron al gobierno de Sebastián Piñera (derecha) por un alza a la tarifa del metro en Santiago. Ese fue el detonante de un malestar acumulado en la sociedad.
                Chile es el país más próspero y con mayor ingreso per cápita de América Latina. El más cercano a convertirse en país desarrollado. La dictadura militar dejó a Chile con más del 40 por ciento de su población en la pobreza, y ahora sólo el ocho por ciento está en esa condición, mientras que apenas el dos por ciento padece pobreza extrema.
                Se ha esgrimido que “la desigualdad” es el talón de Aquiles del modelo chileno -que construyeron izquierda y derecha-, aunque las cifras dicen otra cosa.
En efecto es un país desigual, pero el coeficiente de Gini indica que es menos desigual que Brasil, Colombia, México y Costa Rica, por citar algunos casos relevantes. Además, ese fenómeno ha disminuido paulatinamente.
                Entonces ¿los chilenos se quejan de llenos?
                No, no es así, a pesar de que hay cierta tendencia al pesimismo en sus habitantes.
                Un extraordinario ex futbolista de ese país, radicado en México, crack del mediocampo, me decía que cuando saludas a un chileno y le dices “hola, cómo estás”, te contesta: “bien, bien, pero se me va a pasar”.
                El problema de Chile no es la pobreza, sino una segunda generación insatisfacciones que el neoliberalismo no ha resuelto: un individualismo que deshumaniza las relaciones personales y hasta familiares, en un país que no era así.
Competencia por todo y la divisa es endeudarse para tener más y “ser más”.
                No hay universidad pública en Chile. Hay estatales, pero no son gratuitas ni accesibles a los ingresos medios de la población.
                Un estudiante que logra entrar a la Universidad estatal, se endeuda para pagar posteriormente la carrera una vez que se haya titulado. Los buenos sueldos son escasos y el ex estudiante se va a pasar media vida pagando su deuda universitaria y la otra mitad de su existencia estará endeudado para tener bienes.
                En las recientes manifestaciones en Santiago, un joven llevaba en el pecho una pancarta que lo sintetiza mejor: “El crédito de estudio me tiene tan endeudado que no les conviene dispararme”.
                Las pensiones son bajas y el régimen de las Afore es leonino para el trabajador: te cobran una comisión así hayan perdido dinero.
                Aparecieron brotes de corrupción, que era un fenómeno desconocido en Chile. Lo hubo nada menos que en la casa presidencial –tráfico de influencias- con un hijo de la entonces mandataria socialista Michel Bachelet, y en el gobierno actual de Piñera también han surgido casos.
                Se acumuló rabia en la sociedad chilena.
                Con las protestas hizo su aparición el violento lumpen que hay en Santiago (y en algunas otras ciudades) y destruyeron buena parte del metro, incendiaron edificios, vehículos y saquearon tiendas y supermercados.
                Los manifestantes entablaron un romance con los violentos que hasta el día de ayer estaban pagando en tranquilidad y en seguridad.
                El presidente Piñera tuvo una muy equivocada primera reacción a los disturbios al hablar de que Chile estaba “en guerra”. Luego corrigió, pidió perdón, pero el descontento no ha desaparecido.
                Cuando se enciende la llama de la protesta y hay romance con el fuego que traen en sus manos los grupos de lumpen, no se sabe en qué termina todo y nunca gana la democracia.
                Esos son algunos pincelazos que medio pintan cómo está hoy la ebullición en América Latina.