¿PEDRO JOAQUÍN CORRUPTO?

                                        POR ISABEL ARVIDE

Cuando se recibió de abogado, su padre, Nassim Joaquín, le regaló un reloj Rolex de oro.  Que tuvo que guardar en su caja fuerte de inmediato.  Cuando debía rendir su declaración patrimonial como candidato a diputado federal, otra vez su padre, le puso una gasolinera, unas propiedades, a su nombre. Tan ajeno era al entorno familiar, a la bonhomía económica producto de muchos años de trabajo.
Pedro Joaquín ha vivido siempre distanciado del dinero.  En todas sus expresiones.  Incluso la generosidad que suele acompañar al que no tiene agobios, le es ajena.  No es hombre que haga regalos.  O que siquiera extienda la mano para apoyarte.  Simplemente no lo es.  Su padre, don Nassim, era solidario, generoso, amoroso en sus expresiones.
Pedro Joaquín Coldwell comenzó en política junto con el Estado de Quintana Roo, hace más de cuarenta y cinco años. Fue diputado constituyente muy joven. Diputado federal, senador, gobernador, dos veces titular de una Secretaría, líder del PRI.  Una vocación que lo llevaría muy lejos del mundo del comercio, de los negocios.
Sin tener la mínima preocupación económica, se dedicó al servicio público.  Obvio, sin  intención de enriquecerse.  De haberlo querido así, como algunos de sus sucesores en el gobierno de Quintana Roo, le correspondió un tiempo propicio para comprar terrenos, para especular, para asociarse con los inversionistas que vieron el potencial turístico. Y no lo hizo.  Como tampoco su familia.
En su educación la moral no fue, no fue nunca, un árbol que da moras.
Pedro no tiene casas en Chetumal, en Cancún, en Playa del Carmen o en Tulum.  Supongo que en Cozumel vive en propiedades de su familia.  No se le conocen, en una entidad donde todo se sabe, negocios producto del poder político.
¿Por qué, dada esta realidad de extraño ascetismo monetario, iba Pedro Joaquín Coldwell a “participar” en negocios ilegales?  A esas alturas de la historia en que comenzaba a estar más allá del bien y el mal, abuelo, hombre con más anclaje en el pasado que futuro.  ¿Qué ambición podía motivarlo después de 45 años de tener todos los espacios a disponibilidad? ¿Por qué  cuando pudo haber hecho todo el dinero desde su oficina de gobernador?
Como millones de mexicanos vivo cada día el mayor asombro ante la capacidad de corrupción, de enriquecimiento ilícito de los protagonistas del poder público durante el sexenio pasado. Y estoy dispuesta a creer todo lo que me cuenten.  No hubo llenadero. Sin embargo,  lo único cierto es que Pedro Joaquín Coldwell no pudo haberse robado medio centavo, y menos todavía participado con otras personas en una estafa.  Es una imposibilidad imposible.
Aceptar esto sería igual que esperar que te responda el teléfono si le pides un favor, una recomendación, una palabra que él pueda imaginar que lo comprometa.  Ni un saludo que no sea impecable para sus intereses políticos se puede esperar.
Defraudar dinero público, en su posición el sexenio pasado, implica forzosamente una complicidad, un delito a compartir. Un deseo, una capacidad de meter las manos en el miasma juntos. Un ejercicio de apertura, de vulnerabilidad ante los otros, que requiere de otros talentos.  Pedro no.

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