Va la nueva Ley de economía digital en México
La exposición pública diaria del gobernante es una decisión audaz y temeraria que requiere disciplina extrema y un público -presente y no presente- complaciente. Sin duda ha ofrecido generosos beneficios al obradorismo, más por lo segundo que por lo primero. En las mañaneras se han dejado pasar descuidos y francos excesos, propios de un espacio para la propaganda, se normaliza la mentira como forma regular de gobernar. En México sigue la corrupción, no tiene el sistema de salud de Dinamarca ni es el país más democrático del mundo; pero no importa, el régimen se domicilia en las intenciones.
La mañanera es engañosa, más cuando hay control relativo de la agenda y en cierta medida de quienes asisten en condición de periodistas, con frecuencia patiños, sin nada qué ver con el oficio. La presidenta Sheinbaum disfruta a quienes le sirven y padece cuando se trata de un reportero independiente. Sin advertirlo la mandataria es rehén de sí misma.
El problema no sólo está en las preguntas incómodas de los auténticos periodistas, existe una audiencia y medios singularmente complacientes. La impunidad no sólo es judicial; también social, que se relaciona con la inexistencia de un vigoroso o auténtico escrutinio al poder, especialmente, al presidencial. Los errores y las falsedades vienen y van, pero hay un deterioro en la capacidad para convencer y comunicar.
El problema de la presidenta para ser tal viene de su mentor, promotor y líder, Andrés Manuel López Obrador. Como candidata ganadora con amplia mayoría decidió por el continuismo. El presidente la llevó a todo el país como muestra del triunfo de él. No es accidental que el gabinete, el partido, el Congreso y los gobiernos locales fueran consecuentes con la idea del continuismo. La metáfora del segundo piso de la cuarta transformación les vino como anillo al dedo y en detrimento del liderazgo político de la presidenta Sheinbaum.
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