QUERÉTARO, Qro., 21 de julio 2021.- Manifestarse en contra de su gobierno provocó que Ángel Sucre debiera abandonar Venezuela, donde se le generaron dos órdenes de aprensión, una de las cuáles lo llevó a estar 2 años en la cárcel.

Mientras espera que en la frontera de México con Estados Unidos se le autorice el ingreso legal, afirma que únicamente quiere retomar su vida, tal vez hacer algo en materia de derechos humanos, derivado de su experiencia, que lo obligó a dejar truncos sus estudios universitarios, presenciar los delitos a los que se enfrentan quienes migran de manera ilegal y él mismo ser víctima de algunos. Ya casi se acostumbra a que lo asalten en el recorrido, sobre todo de quienes le llegan a ofrecer ayuda; dice a manera de broma.

Pero no es tema de risa la violencia que se percibe, particularmente en algunos puntos del trayecto migratorio y la necesidad de esconderse. Abandonó Venezuela cuando se le informó que había en su contra una segunda orden de aprensión.

Su primer pensamiento fue escapar a Perú, donde permaneció tres años.

En Colombia conoció a Ángel, con quien debió atravesar el Tapón del Darién, que se ha convertido en un paso obligado en la selva de Colombia para quienes desean llegar a Panamá; también se transformó en un espacio de gran violencia. Las mismas vicisitudes las enfrentan migrantes de diversas nacionalidades y, por tanto, idiomas.

Tardó 4 días en salir de ahí, su compañero de viaje logró hacerlo en 3; se considera afortunado, porque en el recorrido es frecuente encontrarse con gente muerta, violada, agredida o agotada.

Un mes tardó en salir de Panamá, resultó más fácil atravesar Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala. A México no recuerda hace cuánto llegó tal vez mes y medio.

Una semana recorrió a pie Chiapas, en busca de la vía ferroviaria, pero descubrió lo difícil que es “la bestia”, como se le nombra al tren; debe subirse cuando se encuentra en movimiento, bajarse de la misma manera. Son demasiados los puntos en los que seguridad y migración están alerta para deportar a los migrantes.

No pueden las autoridades llevarse a quienes están en los albergues para migrantes o cerca de ellos, pero esa presencia de autoridades lo obligó a esperar 10 días antes de poder subir a “la bestia”. En Veracruz le resultó casi imposible subir, tuvo que caminar mucho y, tras lograrlo, estar al pendiente de no llegar a la estación.

Evitó todo transporte público por el miedo a ser deportado.

En Querétaro las autoridades migratorias lo detuvieron, estuvo 27 días en el Instituto Nacional de Migración (INM), de dónde se le dejó ir luego de que el Consulado de Venezuela no emitió respuesta alguna, por lo que se le catalogó como apátrida y se le dio un salvoconducto para que abandone México en 20 días.

En Nogales espera la respuesta que se le dé de Estados Unidos, tiene miedo de que se le regrese a Venezuela, pues considera que lo espera la cárcel; espera que legalmente se le ayude ingresar a aquel país.

Su sueño, dice, es retomar su vida y dedicarse a hacer algo para agradecer a quienes lo han ayudado, así como para apoyar a los demás; labor muy diferente a la Ingeniería en Diseños Industriales, carrera que afirma debió dejar tras su encarcelamiento por participar en el movimiento estudiantil de Venezuela.