La policía no es ni debe ser la única columna sobre la que descanse la seguridad pública.

Durante muchos años he visto transformarse los cuerpos policiacos, cambiando de nombre, de uniforme, de colores, de capacitación, de equipamiento y no se han logrado los objetivos pretendidos.

Es cierto que se requieren una permanente capacitación e implementación de exámenes de confianza que actualicen y profesionalicen a nuestros cuerpos policiacos; sin embargo, hay otras líneas estratégicas que deben concurrir de manera paralela para lograr una mejor seguridad, entre ellas la impostergable creación de una cédula nacional de identidad que nos permita saber día a día cuántos somos, quiénes somos, cómo somos, qué hacemos y dónde vivimos.

Hay quienes en el pasado se han opuesto a este tipo de identificación que existen en la mayoría de los países, aduciendo que, de caer este padrón en manos de la delincuencia, sería grave. Hay otros que señalan que ya tenemos la credencial de elector, incluso que existe la CURP. Tales objeciones carecen de sustento, en principio porque la delincuencia al actuar en contra de la ley no requiere de registros oficiales.

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