El Maximato
Eventos de gritos y sombrerazos ya nada importa
Se ha vuelto casi un ritual: cada visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a estados no gobernados por Morena termina convertida en una pasarela de gritos, porras y abucheos, donde lo que menos importa es el mensaje institucional. El Gobernador Kuri, responde con agradecimientos y llamados al respeto pero es consigna de los invitados armar desmadre.
El problema no es el disenso que es natural en democracia, sino que estos espectáculos erosionan el fondo político: se diluye el mensaje de gobierno entre el ruido de consignas, y la ciudadanía sólo percibe caos. Ni el reconocimiento de la presidenta ni los gestos de cortesía del gobernador valen mucho si abajo prevalece la grilla de esquina.
Le apuesta a la ignorancia y al outfit de pueblo
Mención aparte merece el pequeño regidor Fernando Flores, quien ha hecho de la desinformación su principal estrategia política, intentando culpar al gobierno estatal de controlar los accesos en eventos presidenciales, cuando todos saben que eso es facultad exclusiva del equipo de seguridad federal. Avse como se hace llamar raya en el ridículo, pero su apuesta es clara: explotar la ignorancia, la frustración y la necesidad de la gente para sembrar crispación y polarización, sin importar que con ello degrada el debate público y trivializa la política. Lo lamentable no es solo su discurso, sino que haya quien lo celebre como si fuera valentía, cuando en realidad es puro oportunismo barato.
Democracia a costo de egos
El PAN en Querétaro ha arrancado la renovación de sus comités municipales bajo el discurso de la democracia y la unidad, pero justo ahí radica su mayor desafío: la democracia interna puede convertirse en su principal lastre si se traduce en disputas de cuotas, egos y padrinazgos disfrazados de participación. El partido necesita abrirse sin fracturarse, permitir el relevo sin dinamitar sus propias bases, porque de nada sirve presumir procesos democráticos si acaban dejando heridos que luego sabotean desde dentro. La unidad real no se decreta: se construye con generosidad política, no con simulación.