Ernesto Ruffo es inocente
Durante años confundimos modernización con digitalización. Nos convencimos de que introducir más pantallas, teléfonos, tabletas y aplicaciones en la vida cotidiana significaba, necesariamente, avanzar. Hoy comenzamos a comprender que la tecnología es una extraordinaria herramienta cuando está al servicio de las personas, pero puede convertirse en un poderoso mecanismo de distracción y dependencia cuando las personas terminan subordinadas a ella.
Por eso considero acertada la decisión de la Secretaría de Educación Pública de restringir el uso de teléfonos celulares y otros dispositivos personales durante la jornada escolar en la educación básica. No se trata de declarar una guerra contra la tecnología ni de pretender regresar a una escuela ajena al mundo digital. Se trata de algo mucho más elemental: recuperar para la escuela el espacio y el tiempo necesarios para aprender, pensar, conversar y convivir.
México no está solo en esta discusión. La medida forma parte de una tendencia internacional que ha crecido aceleradamente. De acuerdo con información de la UNESCO, para marzo de 2026, 114 sistemas educativos, equivalentes al 58 por ciento de los países del mundo, contaban ya con algún tipo de prohibición o restricción nacional al uso de teléfonos móviles en las escuelas. En 2023 la proporción era de apenas 24 por ciento.
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