El ABC del despido laboral: qué hacer y qué no firmar
ACAPULCO, Gro., 11 de octubre de 2021.- En la carretera de La Montaña de Guerrero se abre paso Ayotzinapa, comunidad jornalera agrícola náhuatl. Además de cortar jitomate, las y los trabajadores cosechan verduras orientales, consideradas exóticas de diciembre a mayo, aunque la época de empleo en el campo puede empezar desde octubre.
En la comunidad llaman la atención casas de concreto y tiendas de abarrotes bien surtidas en sus calles. Margarita Nemesio, coordinadora del área Derecho al Trabajo Decente en el Centro de Estudios en Cooperación Internacional y Gestión Pública AC (CECIG), dice que esto se explica gracias a la remesas que por décadas han enviado trabajadores de la agroindustria en campos del noreste del país.
El Avance en el Proyecto De Instauración del Salario Mínimo Profesional Para Jornaleros Agrícolas, basado en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), reportó que en el segundo trimestre de 2019 había 2 millones 328 mil 411 personas jornaleras agrícolas equivalentes a 4.24% de la población total nacional ocupada y a 6.22% de la población subordinada y remunerada.
Por su parte la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO) estima que hay 323 mil mujeres jornaleras en México. En algunas entidades y cultivos la participación de las mujeres jornaleras sube. La Casa del Jornalero en Tlapa tiene más de 15 mil registros.
El Consejo de Jornaleros Agrícolas y el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan documentaron en la región un promedio anual de 49.74% de mujeres migrantes internas temporales en 2020, desde niñas en brazos hasta adultas mayores.
Rocío, jornalera de Ayotzinapa desde los 12 años, mantiene junto con su esposo a sus tres hijas gracias a este trabajo. “Imagínate, a veces yo me enfermo, no voy a trabajar, y ese día no voy a ganar. Nada más con él, cobrando 900 o mil pesos a la semana, no alcanza”, cuenta en entrevista.
Pero, a diferencia de su marido, la jornada de Rocío comienza a las cuatro de la madrugada y termina muy noche debido a las labores domésticas y de cuidados que, además, no son remuneradas.
“A veces no nos dan guardería, no nos dan médico. Como yo tengo mis niñas, allá me alivié de ella —dice señalando a la mediana—, así que me la tuve que llevar cargando. Tienes que trabajar para mantener a tu familia, para ganar un poquito más”, relata sobre ser madre y jornalera.
Asegura que en los meses de trabajo en el campo, las mujeres embarazadas prefieren no acudir a un hospital, “como no sabemos hablar bien el español, nos maltratan, nos humillan, no nos atienden como debe ser. Si tú vas a la cola te dicen que te esperes tres, cuatro horas y no te hacen caso, vienen pasando los que traen zapato, los que tienen corbata”.
Eneida viaja cada temporada agrícola a Ayotzinapa desde que se casó, hace diez años, y ya no quiere volver pero lo hace por la manutención de sus hijos, uno de ellos todavía no camina y tiene que cargarlo.
“Decían que se ganaba bien. Pensé que era fácil, y es difícil, es mucho trabajo en el puro lodo. Si cortas mal, tiran toda la planta, y no te pagan”, lamenta en entrevista.
A niñas y niños hay que despertarlos a las cuatro de la mañana para llevarlos a la estancia. Pero quienes no tienen contrato con empresas internacionales no tienen sitios para dejarlos; aun así hay jornaleras que prefieren trabajar por su cuenta.
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