Colón invertirá en nuevos pozos para enfrentar temporada de estiaje
Bloques, guerra de posiciones
y diputa por la hegemonía
La manifestación de la autodenominada generación Z, la violencia como
mecanismo de gestión del poder y el contexto nacional del mundial de fútbol en 2026, las
elecciones legislativas y de gobernadores en 2027, la revocación de mandato en 2028 y las
elecciones presidenciales de 2030 configuran un escenario que recuerda lo ocurrido en el
1968-1971.
El presidente Díaz Ordaz fue arrinconado en su autoritarismo durante el proceso
tradicionalista de sucesión presidencial, su nominado Luis Echeverría Álvarez pasó de la
lealtad más absoluta a su propio juego de poder y en 1971 se dio el choque el jueves de
Corpus en San Cosme entre el viejo régimen Díaz Ordaz-PRI-Martínez Domínguez con el
nuevo bloque dominante de Echeverría.
La disputa por la hegemonía en México no se dio en el gobierno de López Obrador
en 2018 porque representaba –mal que bien– el modelo estabilizador del viejo régimen
priista-populista y porque su figura sistémica convenció a la naciente coalición anti-PRI de
que con el tabasqueño vendría la reforma democrática el régimen. La sucesión del 2024
solo consolidó al bloque político del lopezobradorismo y su intención de permanencia en
el largo plazo y en consecuencia comenzaron a verse realineamientos entre los sectores
de la nación que estaban siendo marginados por el modelo lopezobradorista de poder.
La violencia delictiva por la lucha entre cárteles que se consolidaron durante el
sexenio pasado y que por presión estadounidense comienzan a ser perseguidos, la
derecha empresarial que está perdiendo todas las decisiones de redefinición del regreso
del modelo del Estado productor, las corrientes priistas y panistas que fueron tentadas
por López Obrador para una gran coalición que nunca ocurrió y que al final las
subordinaron al nuevo modelo político y los sectores invisibles del sistema que
apuntalaban con su lealtad la fortaleza del régimen –grupos urbanos, cacicazgos estatales,
universidades públicas, intelectuales, clérigos y otros sectores que eran rémoras del
aparato del Estado y su presupuesto– se quedaron fuera del aparato de poder y están
realineando lealtades y complicidades para debilitar al bloque lopezobradorista Morena-
Verde-PT.
Lo ocurrido el sábado 15 de noviembre en el Zócalo y calles aledañas no tiene una
explicación sencilla de que si hubo provocadores o si la derecha está desorganizada o que
si falta discurso opositor o que el bloque negro podría ser un adelanto de Los Halcones de
ahora o argumentos por el estilo tienen validez en las circunstancias actuales, pero que su
valor estratégico radica en envolverlos en un todo.
Y ese todo está a la vista: el bloque lopezobradorista avanzó en el voto presidencial
y en el control de casi todas las gubernaturas, pero la resistencia política salió a las calles
porque las estructuras del sistema están haciendo crujir –y al parecer aún no se dan
cuenta en el entorno gubernamental– los aparatos de la democracia representativa.
Los territorios de la disputa están ya a la vista: el campo de la batalla digital que
podría decirse que está en su primera guerra mundial, la protesta callejera que podría
tener como objetivo de corto plazo el mundial de fútbol en 2026 con en el 68 de la
Olimpiada como segundo pensamiento o como contexto desestabilizador y la posibilidad
de que la oposición política con o sin partido pueda dar un sorpasso en las elecciones
legislativas y de gobernadores e impida la mayoría calificada para Morena-Verde-PT y
perder un par de gubernaturas.
Si se examina con sentido estratégico la respuesta gubernamental contra la
protesta del sábado pasado de la Generación Z se tendrían a la vista los escenarios en
disputa y sobre todo la capacidad de respuesta gubernamental para inhibir las
movilizaciones con violencia inducida vía Bloque Negro-Halcones. Pero no hay que perder
de vista que los sectores disidentes no violentos no cayeron en el garlito el sábado y se
hicieron a un lado del encontronazo agresivo entre los grupos sembrados y la policía que
quedó atrapada entre su institucionalidad y su escaso grado de autonomía en reacciones
a la violencia en su contra.
La oposición a la 4T, ciertamente, está desensamblada, carece de liderazgos,
reacciona ante defensas de instituciones que ya fueron modificadas y no tiene partidos
para la participación, pero pudieran haber visto en las protestas del sábado indicios de
que la zona de convocatoria desde posiciones de escasa o dudosa representatividad han
encontrado cuanto menos tres temas que no tendrán solución en el corto plazo y que se
convertirán en banderas: la denuncia contra la corrupción oficial, los sufrimientos sociales
por una inseguridad que no cesa y los que pudiera estimular EU desde la Casa Blanca.
Se trata, pues, de una guerra de posiciones entre diferentes fracciones sociales
para repartir los espacios de poder entre diferentes grupos opositores que pudieran
frenar –no derrotar– el avance totalizador de la 4T.
Por lo pronto, la Generación Z podría ser el revulsivo que esperaba una oposición
desorganizada.
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Política para dummies: la política también le sirve a la oposición.
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