Pareciera que en decenas de despachos de gobierno ya han puesto a enfriar el champán; en los discursos de no pocos líderes mundiales se advierte un tufillo de triunfalismo, algunos perfiles políticos comienzan ya a levantar la cabeza para crear entorno a sí una narrativa de victoria y, aunque aún existe incertidumbre sobre cómo será la convivencia de la humanidad con los efectos del coronavirus, todo parece indicar que al sistema le urge pasar la página.

En las últimas tres jornadas, varios líderes europeos han dejado de hablar del COVID y de la emergencia: en Francia se anunció un programa de rescate cultural, el gobierno español volvió a sus cálculos en geometría parlamentaria, el premier italiano ahora está enfrascado en tensiones económicas con Alemania, y en Reino Unido se revivió el melodrama romántico del primer ministro.

Incluso los países en el continente americano, a pesar de vivir un acercamiento más lento de la pandemia, los gobiernos vuelven a sus intereses y a sus obsesiones. Quizá en el caso de México no se perciba con tanta crudeza porque el modelo de comunicación del presidente López Obrador jamás subordinó la agenda de la Cuarta Transformación a la pandemia global.

Es decir, los signos del fin de la pandemia se multiplican. Y paradójicamente, hubo rincones del orbe donde parece que ni se enteraron. Claro, vivieron la misma intensa información que las urbes más cosmopolitas pero su realidad e idiosincrasia no les hizo cambiar un centímetro en su posición, su actividad o sus certezas. Así lo han comentado con preocupación varios obispos de zonas recónditas de México: Para esta porción de la población, creer o no creer en el COVID-19 ni siquiera ha sido lo relevante; lo importante es el juicio sobre el ejemplo que ponen los liderazgos frente a lo que se definió como una verdadera amenaza.

Evidentemente, ha sido todo un problema la confusión y la ignorancia de mucha gente en medio de la pandemia; pero quizá estos tengan razón apenas en una observación: Si por sus propios ojos no ven un cambio de actitud posterior a la crisis en los líderes que les llamaron a cuarentena y al sacrificio, eso sólo bastaría para alimentar su desconfianza.

Si los políticos vuelven a sus obsesiones insanas de poder, al perncioso cálculo geopolítico, al innoble intercambio de favores e intereses, a la actitud pendenciera, a la irascibilidad antagónica o al discurso vacuo y repetitivo, ¿qué habríamos aprendido? En la historia de la humanidad, el periodo posterior a la crisis es tanto o más importante que la crisis en sí. Es allí donde hay verdadero aprendizaje, maduración y fermento de una nueva cultura.

Y esto no es sólo una preocupación por la ética y moral de los liderazgos sino porque esas condiciones anómalas en una postcrisis son el ambiente perfecto para que crezcan las ideas conspirativas, los fantasmas, los mitos que deforman la realidad para ajustar a peligrosas ideologías de ocasión. ¿Qué sucedería si por la falta de una auténtica transformación en el sistema que afirmó tambalearse ante el COVID comienza a madurar la idea de la conspiración? ¿Qué pasaría si los voceros de esta ignorancia comienzan a despreciar los datos y la realidad? ¿Qué pasará cuando quieran poner fronteras a la verdad, vivir aislados de la realidad, erigirse como ‘auténticos despiertos’ en un mundo ensombrecido por intereses ocultos?

En un escenario así, me temo, aún no habría terminado la pandemia.

*Director VCNoticias.com

@monroyfelipe