CANCÚN, QRoo, 29 de noviembre de 2018.- El siempre visionario Alfonso Cuarón quizá al escogerla, la halló ideal para hacer el papel de Cleo, la empleada doméstica de Roma, pero nunca dimensionó que, en unas semanas, la oaxaqueña Yalitza Aparicio se convertiría en ese ícono mexicano quizá de la talla o más allá de la célebre María Félix.

Y es que la hija de una humilde sirvienta, en ningún sentido peyorativo, al contrario, un valor agregado, es actualmente el rostro mexicano más viralizado y reconocido.

Más de lo que han logrado los shows y challenger de Thalía, muchísimo más del arduo trabajo de Salma Hayek en Hollywood, y aún más del portentoso trabajo de Dolores del Río en los años 1920-1930 en el cine internacional.

Con sus ojos semi rasgados, su pelo lacio, su tono de piel obscuro y su baja estatura, Yali rompe estereotipos y con esa frescura inocente y su franca sonrisa sin vergüenza, y con sus declaraciones sin ensayos ni tapujos, lo mismo pisa una alfombra roja que muy probablemente el escenario del Óscar, y muy por seguro pueda tocar con sus manos, muy mexicanas, la envidiada estatuilla dorada. Y es que fuera de poses y photoshop, denota talento y una autenticidad que ha provocado elogios, pero también envidias y hasta racismo.

Yalitza Aparicio transmite realidad, transmite vida, jamás el estereotipo de belleza de los esquemas cuadrados de siempre. Con sencillez y desparpajo, la oaxaqueña narra cómo calificó al equipo de Cuarón, al que ni siquiera conocía, como un posible grupo de trata, “con tanto que se habla de secuestros y feminicidios”.

Todo pintaba muy bonito para ser cierto, decía y decidió irse cuando su madre la plantó, le reviró y le dio, quizá intuitivamente, ese empujonzote a la fama. Se acercó al casting alentada por su hermana y la curiosidad ganó a su zona de confort, como profesora de preescolar.

“En mi comunidad jamás se hacen esas cosas y cuando me invitaron a Oaxaca, y luego a Ciudad de México, lo dudé” Fue Cuarón el que le propuso directamente el papel entre cientos, sí, cientos de mujeres.

Luego tuvo que aprender mixteco y grabó, grabó hasta terminar. “Se siente raro verse ahí, tan grande, pero la película te mete a la historia y me olvidé de mí”, dice.

Su historia, así como se cuenta, parece sacada de una película, pero es real. Ahora, el nuevo ícono mexicano parece que también se impondrá al racismo, y con ese donaire seguirá caminando con esos pies que algún día juguetearon descalzos entre yerba y polvo en su natal Oaxaca, siendo ejemplo en alfombras rojas, premiaciones, entrevistas, sesiones fotográficas con ropa de marca y de mucho valor.

En estos meses de fama, la oaxaqueña dice que se ha fortalecido de sus detractores “sólo tomo los comentarios buenos, esos que siempre fortalecen”. La discriminación, opina, se trabajará poco a poco, “porque nadie cambia de la noche a la mañana”.

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