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CIUDAD DE MÉXICO, 27 de septiembre de 2025.- La corrupción se ha infiltrado en cada rincón de la vida pública. Lo que en campaña se prometió como un cambio de régimen, terminó siendo la reedición más grotesca de las viejas prácticas, multiplicadas por la falta de escrúpulos, la ambición desmedida y la ausencia de un auténtico proyecto de nación. La llamada cuarta transformación ha demostrado que detrás de su retórica de “honestidad valiente” no había más que un disfraz para encubrir el saqueo sistemático de los recursos públicos.
Los escándalos de corrupción ya no se cuentan por casos aislados, sino por redes completas de complicidades: contratos inflados, obras inconclusas, programas sociales convertidos en botín electoral, nombramientos de amigos y familiares, y negocios oscuros que hoy sostienen a un régimen que vive del discurso, pero se pudre en los hechos. Morena no vino a desterrar la corrupción, vino a normalizarla, institucionalizarla y a usarla como instrumento para perpetuarse en el poder.
A la par del deterioro económico, del endeudamiento sin freno y del colapso de la seguridad pública, lo que más hiere al país es comprobar que se gobierna con cinismo. Que quienes acusaban a los gobiernos anteriores de corruptos resultaron ser peores, un verdadero nido de ratas que ha hecho de México su madriguera. Lo que prometía ser una transformación terminó convertido en un gran engaño, en la perdición de la República.
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