Los responsables se camuflan por las noches con palas y picos sin conocimiento del significado de su historia.

CIUDAD DE MÉXICO., 15 de mayo de 2016.- Joel Santos es un arqueólogo curtido que olfatea los pasos de contrabandistas arqueológicos, quienes suelen dejar escenas desaseadas en sus saqueos: tierra revoloteada y amontonada, pedazos de cerámica, tapas de las llamadas tumbas de tiro [entierros] en desacomodo, leña quemada que usan para alumbrar en el interior, huesos de personajes antiguos. A veces con daños irreparables.

Sinaloa mantiene bóvedas subterráneas que llevan ocultas cientos de años.

Por dentro se asemejan a un sauna con olor a humedad en una penumbra total. Permanecen piezas de antepasados prehispánicos de jerarquía importante. Algunas están intactas, otras son resguardadas bajo estudio y unas más terminan en manos de asaltantes. Capítulos de la historia saqueados. Intercambiados por dinero para terminar en colecciones privadas o extranjeras. Los responsables se camuflan por las noches con palas y picos sin conocimiento del significado de su historia.“Es muy caluroso por dentro. Se sofoca uno. Si estás en un subterráneo con poco espacio vas a sudar”, cuenta el arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), adscrito a Sinaloa, en referencia a las tumbas, cuyos tamaños varían de los dos a los 15 metros.

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